2.09.2009

La Máscara de la Muerte Roja, por Edgar Allan Poe



La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro.

Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

12.30.2008

V for Vendetta - Valerie's Letter

I don't know who you are. Please believe. There is no way I can convince you that this is not one of their tricks. But I don't care. I am me, and I don't know who you are, but I love you.

I have a pencil. A little one they did not find. I am a women. I hid it inside me. Perhaps I won't be able to write again, so this is a long letter about my life. It is the only autobiography I have ever written and oh God I'm writing it on toilet paper.

I was born in Nottingham in 1957, and it rained a lot. I passed my eleven plus and went to girl's Grammar. I wanted to be an actress.

I met my first girlfriend at school. Her name was Sara. She was fourteen and I was fifteen but we were both in Miss. Watson's class. Her wrists. Her wrists were beautiful. I sat in biology class, staring at the picket rabbit foetus in its jar, listening while Mr. Hird said it was an adolescent phase that people outgrew. Sara did. I didn't.

In 1976 I stopped pretending and took a girl called Christine home to meet my parents. A week later I enrolled at drama college. My mother said I broke her heart.

But it was my integrity that was important. Is that so selfish? It sells for so little, but it's all we have left in this place. It is the very last inch of us. But within that inch we are free.

London. I was happy in London. In 1981 I played Dandini in Cinderella. My first rep work. The world was strange and rustling and busy, with invisible crowds behind the hot lights and all that breathless glamour. It was exciting and it was lonely. At nights I'd go to the Crew-Ins or one of the other clubs. But I was stand-offish and didn't mix easily. I saw a lot of the scene, but I never felt comfortable there. So many of them just wanted to be gay. It was their life, their ambition. And I wanted more than that.

Work improved. I got small film roles, then bigger ones. In 1986 I starred in "The Salt Flats." It pulled in the awards but not the crowds. I met Ruth while working on that. We loved each other. We lived together and on Valentine's Day she sent me roses and oh God, we had so much. Those were the best three years of my life.

In 1988 there was the war, and after that there were no more roses. Not for anybody.

In 1992 they started rounding up the gays. They took Ruth while she was out looking for food. Why are they so frightened of us? They burned her with cigarette ends and made her give them my name. She signed a statement saying I'd seduced her. I didn't blame her. God, I loved her. I didn't blame her.

But she did. She killed herself in her cell. She couldn't live with betraying me, with giving up that last inch. Oh Ruth. . . .

They came for me. They told me that all of my films would be burned. They shaved off my hair and held my head down a toilet bowl and told jokes about lesbians. They brought me here and gave me drugs. I can't feel my tongue anymore. I can't speak.

The other gay women here, Rita, died two weeks ago. I imagine I'll die quite soon. It's strange that my life should end in such a terrible place, but for three years I had roses and I apologized to nobody.

I shall die here. Every last inch of me shall perish. Except one.

An inch. It's small and it's fragile and it's the only thing in the world worth having. We must never lose it, or sell it, or give it away. We must never let them take it from us.

I don't know who you are. Or whether you're a man or a woman. I may never see you or cry with you or get drunk with you. But I love you. I hope that you escape this place. I hope that the world turns and that things get better, and that one day people have roses again. I wish I could kiss you.

Valerie

X



12.28.2008

V for Vendetta Televised Speech


Good evening, London. Allow me first to apologize for this interruption. I do, like many of you, appreciate the comforts of the everyday routine, the security of the familiar, the tranquility of repetition. I enjoy them as much as any bloke. But in the spirit of commemoration - whereby those important events of the past, usually associated with someone's death or the end of some awful bloody struggle, are celebrated with a nice holiday - I thought we could mark this November the fifth, a day that is sadly no longer remembered, by taking some time out of our daily lives to sit down and have a little chat.

There are, of course, those who do not want us to speak. I suspect even now orders are being shouted into telephones and men with guns will soon be on their way. Why? Because while the truncheon may be used in lieu of conversation, words will always retain their power. Words offer the means to meaning and for those who will listen, the enunciation of truth. And the truth is, there is something terribly wrong with this country, isn't there?

Cruelty and injustice...intolerance and oppression. And where once you had the freedom to object, to think and speak as you saw fit, you now have censors and systems of surveillance, coercing your conformity and soliciting your submission. How did this happen? Who's to blame? Well certainly there are those who are more responsible than others, and they will be held accountable. But again, truth be told...if you're looking for the guilty, you need only look into a mirror.

I know why you did it. I know you were afraid. Who wouldn't be? War. Terror. Disease. There were a myriad of problems which conspired to corrupt your reason and rob you of your common sense. Fear got the best of you and in your panic, you turned to the now High Chancellor Adam Sutler. He promised you order. He promised you peace. And all he demanded in return was your silent, obedient consent.

Last night, I sought to end that silence. Last night, I destroyed the Old Bailey to remind this country of what it has forgotten. More than four hundred years ago, a great citizen wished to embed the fifth of November forever in our memory. His hope was to remind the world that fairness, justice and freedom are more than words - they are perspectives. So if you've seen nothing, if the crimes of this government remain unknown to you, then I would suggest that you allow the fifth of November to pass unmarked. But if you see what I see, if you feel as I feel, and if you would seek as I seek...then I ask you to stand beside me, one year from tonight, outside the gates of Parliament. And together, we shall give them a fifth of November that shall never, ever, be forgot!


12.26.2008

Farvel mitt liv, min kjærlighet… jeg savner deg!!!



Quizás es que aún no lo quiero aceptar o es que al hacerlo tuve un choque emocional que no supe cómo controlar, quizás es que creo ser el último bastión de fuerza y cordura que le queda a las personas que estuvimos contigo y si me dejo derrumbar, todo lo que construimos y todos los que te conocieron caerán también... No he sabido que decirte, no he sabido cómo despedirme, no he tenido el valor para decirte adiós.
Tal vez la razón por la que duele tanto separarnos es porque nuestras almas están conectadas. Tal vez siempre lo estuvieron y siempre lo estarán. Tal vez hemos vivido miles de vidas antes de esta y en cada una de ellas nos hemos encontrado.

Adiós significa no poder verte de nuevo, ni ver tu sonrisa, o cautivarme con el brillo de tus ojos. Significa nunca más ver tu rostro, ni hablar de nuevo contigo. NO... No lo acepto. Te amo, desde siempre lo he hecho y jamás dejaré de hacerlo.
Así que me rehuso a decir adiós, eso significaría el final. Y si esto se acaba, entonces también estaré acabado yo. No, no puedo decirte adiós.
Así que jamás te diré adiós, te amo demasiado y... esta despedida es lo único que no puedo hacer...
No, no quiero aceptarlo, no quiero creer que te fuiste como lo hiciste, me resulta imposible, otra treta del destino burlándose en mi cara y retorciendo heridas abiertas. Casi siento estar viviendo sonetos de una tragedia shakespeareana, siento como mi corazón se retuerce y arde en una tristeza abismal.

The storm lies in an empty sky and the sun lies in eclipse
And silently my world watches the calm apocalypse
Now I’m standing in the cold rain as it washes you away

Hoping I’m immortal because forever ends today


Sí, lo sé, ya no estás aquí y la falta que haces es impresionante, perdí a mi socia, mi amiga, mi compañera; planes derrumbados, proyectos incompletos, ya nada es igual. Te recuerdo e incluso el agua pierde su sabor, la vida se ve inerte, el brillo se opaca. No, no acepto que te hayas ido, al menos no del todo, ya no puedo abrazarte, ni sentir tu calor de nuevo, ya no acariciaré tu cabello, ni mis pensamientos perderé en el infinito verde de tus ojos... pero tu esencia prevalece… y por tu esencia sigo en pie.
Sólo quería decirte, por última vez… Farvel, mit liv, min kjærlighet… Møte i himmelen.

12.25.2008

FELIZ NAVIDAD!!!

Un poquito de historia… No es que sea históricamente correcto, no es que sea una cristianización de la celebración del Solsticio de Invierno, pero el colocar al 25 de diciembre fue la manera más inteligente de absorber las celebraciones de otras religiones y convertirlas al cristianismo, aunque no fueron erradicadas del todo las costumbres anteriores, pues, de ser la celebración del Nacimiento del Mesías Cristiano y honrarlo con la respectiva “Misa de Cristo”, jamás se pudo desplazar el espíritu de fiesta, bebida, baile, intercambio de obsequios y todo tipo de reuniones. Aunque los intentos de desterrar las viejas costumbres no faltaron, los cabecillas se dieron cuenta de cuan arraigadas estaban a las culturas locales, de modo que no tuvieron opción que absorberlas y convertirlas a la nueva religión dominante. Intercambios de regalo, bebida, cenas, fiestas y danzas eran bien recibidas y aceptadas como la “Adoración del Niño Dios”, Jesús, descendiente del linaje de David. Las grandes fiestas pasaron de ser un grosero festival a convertirse en una época para compartir con tus seres cercanos, de comunión con el prójimo.

La estrategia no pudo funcionar mejor, la religión cristiana es la predominante en el mundo occidental y la practicada por más personas a nivel mundial. Dada su complejidad religiosa, el Nacimiento del Niño Jesús ha podido desplazar antiguas tradiciones: El homenaje a Odín en los países nórdicos, La Saturnalia romana, El nacimiento de Apolonio de Tiana (filósofo y autodenominado profeta, griego) y el nacimiento del dios persa Mitra, que, de hecho, eran celebradas el 25 de diciembre también.

Pero lo importante de esta fecha no es el cómo llego allí, ni quién la proclamó, ni por qué… Lo importante es que este día se ha convertido en una fiesta mundial de un significado inmenso, es una época que invita a compartir, donde por un momento los problemas de cada quien parecen efímeros y solo te invade una alegría inexplicable… Así que simplemente quiero desearles una FELIZ NAVIDAD, FELIZ HANNUKAH, FELIZ KWANZA y un Honorable Ramadám, porque sin importar de que religión sean, esta época nos une…