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4.13.2011

Eon


Parecía que mi vida iba en el camino que el destino me había asignado, una vida aburrida y complicada, cargada de responsabilidades, pues nací para convertirme en el Emperador de mi mundo. Toda mi infancia transcurrió aprendiendo las costumbres y habilidades necesarias para cumplir las obligaciones que desde tiempos inmemoriales mis ancestros, sin interrupción, han afrontado. Tras la muerte de mi padre fui coronado Emperador de Eon, un planeta bonito, pacífico y simple, lleno de vida y actividad. Fui coronado Emperador de más de setenta billones de almas repartidas en nueve continentes.

Como gobernador de los eonitas aprendí las artes de la guerra y la diplomacia, aprendí las costumbres de mi mundo y de los planetas con quienes teníamos relaciones, aprendí a guiar a mis súbditos a afrontar el cataclismo que se nos venía encima.

Era un día corriente en la ciudad de Tes. Todos hacían su trabajo, todos dedicados a su rutina… Nada nuevo, de verdad, encargos salían y llegaban de los puertos hacia otros mundos y alrededor de Eon. Las relaciones con formas de vida alienígenas eran favorables, nuestras relaciones comerciales con los demás planetas estaba mejor que nunca. Algunas civilizaciones más amigables, otras un poco hostiles y a otras no les podría importar menos nuestra existencia. Algunos mundos mucho más avanzados tecnológicamente que Eon, otros aún en sus eras primitivas. Aunque Eon contaba a ese momento con una fuerza de defensa excelentemente preparada, una armada e infanterías equipada con nuestras mejores armas y algunas compradas a mundos aliados.

Ese día sin embargo fuimos sorprendidos por una invasión masiva, liderada por los zkrugs, una raza hostil y de aspecto frágil, compensada por su frialdad y disciplina dignas de asesinos inescrupulosos, tramposos y sagaces bastardos que harían lo que fuera necesario para conseguir zutrovita, un mineral escaso en nuestro sistema estelar, pero mi planeta gozaba de un yacimiento muy rico y poco explotado de él.

Los sistemas de defensa planetaria habían sido neutralizados, nuestros satélites y las estaciones de comunicación de cada una de nuestras lunas fueron apagados, destruidos, no tuvimos aviso, ya nos habían rodeado. Alrededor del mundo las tropas fueron replegadas y, contra toda probabilidad, lograron hacerse camino entre el fuego enemigo, pelearon con valentía… Mis soldados, mis súbditos, mis mártires, mis héroes… De los cielos descendían naves de combate, zkrugs y eonitas daban la batalla de sus vidas, ellos por conquistar un mundo pacífico, sin aviso… Malditos cobardes… Nosotros, por defender los billones de almas que daban vida a nuestro planeta. De todos los continentes despegaban las naves de transporte abarrotadas de inocentes… Hembras y crías primero, esa es mi orden inmediata. Y que todo eonita capaz de portar un arma y usarla, salga a defender a su familia, a pelear por sí mismos, por su vida, por nuestra supervivencia... Muchas naves lograron sobrepasar las baterías de los cruceros de guerra zkrug, muchas otras no lograron, si quiera despegar, era el Armagedón. Aun así, todos luchamos como si ya no tuviésemos nada que perder y a la vez conscientes que era nuestro mundo, nuestro modo de vida, nuestra especie misma lo que estaba en juego.

Ya era demasiado tarde para nosotros, lo dimos todo y lo perdimos todo. La tecnología de destrucción Zkrug se había desarrollado en absoluta clandestinidad, lograron crear el emisor de hadrones en secuencia lineal, el destructor de mundos.

-          “Líder negro, líder negro… ¿Me escuchan?
-          “Adelante, líder negro, centro de control lo recibe”.

Solo quedaba abandonar Eon… No puedo, mis súbditos, no los abandonaré, no dejaré mi mundo si ellos van a sufrir una muerte indigna… Ordené abordar inmediatamente todas las naves y cargueros disponibles en cada puerto espacial del planeta, ordené la conformación de una escolta con los mejores pilotos disponibles… Nadie sería dejado a su suerte, no ese día, no bajo mi mando… Todos se agruparon alrededor de los campos que rodeaban Tes, la ciudad imperial, la ciudad capital, mientras en la órbita cruceros y cazas de guerra abrían una brecha entre el bloqueo enemigo. Solo tuvimos una oportunidad, ya el destructor había llegado y los cruceros zkrug abrían paso, se retiraban para no ser atrapados por la explosión… Es hora, váyanse de aquí, ya no tenemos futuro en este lugar (con lágrimas en los ojos y la ira reprimida daba la orden a los eonitas). Abandonen el planeta, ya no es nuestro hogar, los cobardes nos derrotaron (Ya no podía seguir hablando, el nudo en la garganta no dejaba emitir palabra alguna, pero debía seguir, debía dar la orden). ¡Eon será destruido, despeguen!… 

En el crucero imperial entraron las últimas almas sobrevivientes de mi mundo, ya no había lugar para más. Arcas, cargueros, cruceros y transportadores, todos llenos de eonitas, súbditos, plantas y animales, todo lo que se pudo rescatar de ese pedazo de roca en el espacio, de ese lugar que era mi hogar. Era ahora o nunca, debíamos partir.

-          “Líder negro, líder negro… Deben irse ya… Ya el aparato está  funcionando, trataré de darles más tiempo…”
-          “Líder negro, no tiene autorización, repito, no tiene autorización, agrúpese inmediatamente con el convoy…”
-          “SHHHH SHHHHH GHHHH No escucho, la comunicación está faSHHHHllando…”
-          “Agrúpese de inmediato con el convoy”
-          “SHHH… AAAAAAAAAAAAGHHHHH…” (un silencio fúnebre invadió la sala de comandos)

Solo pudimos ver esa nave, lanzando un rayo de energía directo hacia el planeta. Ya el daño era irreversible, Eon se veía como una bola de magma agrietada, el destino de ese mundo ya se había sellado, pero de pronto... BOOM… Una explosión sorda, ese piloto desobediente y heroico se había estrellado contra el núcleo desprotegido de la nave que acabó con nuestro planeta. Dos explosiones, una que lamentar, otra que daba esperanza a nuestros mundos amigos, el precio que pagamos fue inmenso, pero la amenaza había sido aniquilada y nuestra raza, nuestros conocimientos, nuestro legado estaba vivo en cada uno de los eonitas que sobrevivió a aquel día nefasto, el día que mi mundo acabó.


Estábamos lejos aún de poder considerarnos fuera de peligro, la onda de choque producida por la explosión de Eon lanzó escombros en todas las direcciones, miles de proyectiles del tamaño de una luna pequeña se acercaban a nosotros a velocidades asombrosas… Sepárense, sepárense… Miles de naves partieron al hiperespacio a la velocidad de la luz en diferentes direcciones, nos fue inducido el sueño criogénico justo cuando un trozo de roca arrancó los motores del crucero imperial… ¿Por qué a mí?... Los soldados que quedaron despiertos me introdujeron en una cápsula de escape y me lanzaron con rumbo a una zona inexplorada de la galaxia, los registros de mi cápsula dicen que el crucero explotó, miles de vidas se perdieron y solo una cápsula pudo ser lanzada… Estúpidos, estúpidos ¿por qué no salvaron a alguien más? ¿por qué a mí?...

Estuve en animación suspendida por casi noventa mil años, según los datos de navegación y desperté en una pequeña ciudad, en un planeta desconocido, pero tan familiar, los habitantes lo llaman Tierra, desde entonces me he tratado de adaptar a sus costumbres lo mejor que puedo... Los humanos, los habitantes de Tierra, son extraños y bastantes primitivos en su trato… Aquí me adoptó una familia bastante amigable, aunque de personalidades incomprensibles y comportamiento volátil. No saben la verdad de mi pasado y es mejor así, quizás si le contase a alguno de ellos, terminarían enviándome a lo que ustedes conocen como manicomio.

Soy el Emperador de Eon, no dejo de pensar en mi mundo y no he abandonado a mis pueblos, no veo el día en que me reúna de nuevo con ellos, pero pasarán años hasta que la tecnología de este planeta alcance la capacidad de viajes interestelares. Hasta entonces viviré en un mundo moribundo, plagado de una enfermedad más devastadora y mortal que el mismo artefacto que acabó con mi hogar, un cáncer que consume todo a su alrededor y también a sí mismo… Los mismos humanos
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3.08.2009

LaSombra (Morte Penumbra)


Todos decían que no era normal lo que ocurría en esa casa, en la antigua mansión de la colina al Norte de aquí. En ella vivía un hombre extraño, el Marqués de Campelles, y nunca salía de su ostentosa, pero lúgubre vivienda; ni la servidumbre socializaba con el resto de los habitantes del pueblo, era como si carecieran de raciocinio, su mirada perdida hacía pensar que su alma había sido desplazada. Se comentaba que era una casa embrujada.


Únicamente y en contadas ocasiones al año el Gran Marqués recibía visitas, eran festivales y fiestas que las personas que no eran invitadas sólo podían imaginar, se regaba la voz de los grandes banquetes que ofrecía el Noble a sus selectos invitados, incluso algunos lugareños presumían de haber asistido a una que otra gala. Pero luego de pocos días, se volvía a la aburrida rutina, la lúgubre mansión en lo alto de la colina, el Marqués receloso que jamás salía, la fachada de la propiedad intimidante y gótica y las ventanas, con sus cortinas negras no dejaban curiosear el interior.


Ni siquiera los atrevidos adolescentes, siempre con sus bromas, su irreverencia y rebeldía se atrevían a curiosear. Pero había un joven que no era como todos los demás: sus padres habían muerto hacía algunos años y casi no tenía amigos. De hecho, los pocos amigos que tenía fueron los que le incitaros para que se aventurara al interior de la siempre obscura casa.


Pasaron las horas y Janus Craciun, el joven en cuestión, no volvía. Los amigos, asustados, no avisaron a nadie para que no les echaran las culpas de la desaparición de Janus. Nadie le echó en falta.


A los tres días, ya a la puesta del sol, se hallaba el grupo reunido en aquella vieja plaza donde el pueblo cobraba vida, comercios, bazares, sitios de comida, juglares y otros artitas callejeros animaban al público cuando una sombra empezó a cubrirlo todo, una sombra que impedía totalmente el paso de la luz: era más obscura que la mismísima Obscuridad, más negra que las cortinas de la mansión del tenebroso Marqués. La sombra era en un principio totalmente informe, pero de ella fueron saliendo poco a poco unos tentáculos de una obscuridad tan pura que era totalmente sólida. Al disiparse las tinieblas, comenzó a aparecer una silueta humanoide, poco a poco se iba aclarando. Era Janus, volvió de la mansión, pero ya no era él mismo; su rostro y sus ropas estaban cubiertas de sangre, sus ojos no reflejaban su inocencia, su alma ya no habitaba su persona; los cuerpos sin vida de algunas personas yacían a su alrededor.


La multitud huía despavorida para no ser alcanzado por los brazos de la sombra asesina, el caos se apoderó de la ciudad y pocos días después ya no quedaba nadie en las calles, las pocas almas que se atrevían a salir de noche, eran cazadas por la “Morte Penumbra”, incluso en la iglesia la gente era desangrada, sólo en el aislamiento de sus hogares, los habitantes de Campelles se sentían seguros, hasta que un día el temido asesino nocturno comenzó a entrar a los hogares. Ya nadie estaba a salvo, ya ningún lugar era seguro, ya la única salida era luchar o morir.


Durante el día, un largo y caluroso día de verano los ciudadanos organizaron una revuelta en el Palau Campelles, hogar del Gran Marqués, de quien se decía tenía un pacto con el mismísimo demonio y controlaba a aquel otrora inocente joven para asesinar a los indefensos de esa localidad. Una turba enardecida de campesinos, comerciantes, artistas y soldados armados con espadas, rastrillos, palos y antorchas irrumpió en la mansión del odiado y misterioso Marqués, mas cometieron el error de hacerlo al anochecer. Una penumbra, obscura cual abismo invadió la sala central, donde comenzaban a marchar los intrusos de la propiedad. Gritos, golpes y caídas resonaban en aquella majestuosa habitación del palacio, por primera vez vista por los plebeyos en siglos, el pánico invadió al ahora espantado grupo de vecinos y por sus vidas abandonaron la propiedad, sin mirar atrás, por miedo a ser alguno de ellos el próximo de la lista.


El más grande temor se hizo realidad, los rumores eran ciertos, el regente de ese sitio era un súbdito de la obscuridad. Y aquel joven solitario, su aprendiz.


El pueblo se deshabitó casi por completo hace más de ciento diez años desde que aparecieron los cadáveres de tres niñas con los huesos convertidos en polvo y las cabezas mirando en una dirección físicamente imposible en la fuente de la plaza. Los pocos sobrevivientes de aquella fallida incursión regaron la terrible historia, pero poco a poco se fue perdiendo el miedo, la historia comenzó a carecer de credibilidad.


Ahora Campelles es de nuevo una ciudad vibrante y llena de vida, donde las memorias de esa fatídica noche no son más que una leyenda urbana, un cuento supersticioso de monstruos de fantasía, pero la mansión continúa de pie, tan imponente e intimidante como siempre y permanece cerrada a las visitas. Únicamente abre sus puertas a sus misteriosos y envidiados festines y la gente del pueblo sigue presumiendo haber asistido a por lo menos alguna de las reservadas celebraciones, sin si quiera imaginarse lo que ocurre detrás de esas pesadas puertas, detrás de las negras cortinas……

2.09.2009

La Máscara de la Muerte Roja, por Edgar Allan Poe



La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro.

Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.